¿Debemos invitar a los clientes a restaurantes de cinco tenedores?


No hace tantos años, las visitas a clientes importantes se rubricaban con una suculenta comida en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Los almuerzos en establecimientos de varios tenedores se consideraban una forma proporcionada de agasajar la categoría del cliente y la atención prestada a nuestra compañía. Del mismo modo, las reuniones de directivos de un mismo grupo culminaban con comidas algo mas económicas pero en absoluto menos suculentas.

Mi experiencia en los últimos años es que algo está cambiando en el legendario ritual de las invitaciones. A diferencia de antes, ahora tenemos en casa productos de óptima calidad procedentes de todas las partes del mundo: ternera de primera, merluza de anzuelo o frutas tropicales en cualquier temporada ya no son infrecuentes en nuestras mesas. Los directivos que viajan a menudo están acostumbrados a comer en restaurantes de alta categoría, bien porque invitan a sus clientes, bien porque se lo pagan sus proveedores. En consecuencia, encontrar una situación en que pueden dar reposo a su estómago les parece todo un alivio.

Cada vez más a menudo, nuestras reuniones internas tienen como colofón un almuerzo o cena en un lugar singular pero no necesariamente caro. Tras una dura jornada de trabajo, las personas agradecen una simple ensalada y un pescado a la plancha en lugar de pesados y elaborados platos rematados por indigestos postres. En ocasiones, una taberna de bancos corridos con platos caseros ha sido suficiente emolumento a nuestras poco exigentes barrigas.




Clientes internacionales

Un caso similar se plantea cuando recibimos en la empresa a clientes internacionales, en ocasiones, del más alto nivel. Tras un largo viaje y una dura jornada de negocios, lo que menos les apetece es enfrentarse a una abundante y copiosa cena que a menudo desemboca en un agitado duermevela. En consecuencia, la pesada reunión y negociación de trabajo se ha saldado a menudo con algo tan tradicional y aparentemente simple como una cena de tapeo. Para ello, hemos hecho reserva en un bar o tasca representativa de la ciudad en donde hemos podido disfrutar tanto del ambiente como de un buen surtido de raciones a compartir. Para darle más sabor, hemos regado la cena con una variedad de vinos de la tierra que han servido de incentivo a la degustación y la tertulia. 

Por raro que parezca, el resultado de la iniciativa no solo no ha sido peor que en casos opuestos sino que los invitados han vuelto a sus países agradecidos y bastante más descansados que en visitas anteriores.



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