La perversa Fórmula del Estrés

el reloj del estrés


El estrés es una de las afecciones laborales más frecuentes entre los directivos. La presión por cumplir objetivos, en ocasiones, difíciles de alcanzar, se traduce en periodos de ansiedad, seguidos de insomnio, déficits de atención y otras enfermedades derivadas de la disminución de defensas.

Una de las consecuencias más perniciosas del estrés es el llamado síndrome del quemado o síndrome de burnout, en inglés. Sus peligrosos efectos se asemejan a los de una depresión incluyendo fatiga crónica, tristeza, ineficacia, apatía por el trabajo, etc. El quemado tiene la sensación de que no para de trabajar pero de que su esfuerzo no produce los rendimientos que desea lo que se traduce en una insatisfacción permanente.

En épocas de crisis la incidencia del estrés se acentúa. Al querer mantener sus beneficios en un entorno de menor consumo y competencia más agresiva las empresas exigen más a sus empleados que expanden su jornada sin incrementar por ello los beneficios. Mención especial merece el departamento comercial obligado a vender y ganar lo mismo cuando hay menos clientes dispuestos a comprar y competidores más acuciados por las circunstancias.

La búsqueda de la supervivencia impulsa a las empresas a reducir su personal exigiendo a los que se quedan asumir parte o todas las tareas de los que se fueron lo que incrementa su estado de tensión.


Los tres motivos del estrés



Una situación de estrés temporal puede llegar a superarse. Sin embargo, la exposición prolongada a las circunstancias que lo generan puede provocar en la persona graves trastornos físicos, en ocasiones, irreversibles.

 Cuando nos vemos sometidos a una situación de este tipo debemos analizar sus causas para intentar minimizarlas. El estrés se produce por una o varias de las siguientes razones:

  • Exceso en el número de tareas necesarias para cumplir los objetivos marcados por la compañía

  • Escasez de tiempo material para desempeñar dichas tareas

  • Falta de formación o capacidad para ejercer las tareas encomendadas

Si el estrés se pudiera expresar con una fórmula, ésta sería la siguiente:



Es decir, el estrés es directamente proporcional al volumen de trabajo necesario para alcanzar los objetivos marcados e inversamente proporcional al tiempo y capacidad disponibles para realizarlo. En consecuencia, para liberarse de su pernicioso influjo solo se pueden adoptar las siguientes medidas:

  • Alcanzar pactos con la compañía para reducir el volumen de trabajo, delegando tareas, subcontratándolas o asignándolas a otros compañeros. Es evidente que este punto es complicado de alcanzar, sobre todo, en tiempos de escasez. 

  • Aumentar el tiempo invertido en la realización del trabajo. En periodos de presión, es una práctica habitual aumentar la jornada laboral, pero si no es suficiente, a veces hay que plantearse trabajar incluso algún fin de semana, con el fin de evitar la enfermedad, aun a riesgo de perjudicar la vida personal y familiar.

  •  Ser humilde y reconocer que no se tienen los conocimientos, experiencia o nivel intelectual para desempeñar el puesto de trabajo al que se ha optado. La solución entonces pasa por dar un paso atrás y solicitar un puesto inferior aun a costa de perder sueldo y categoría. En muchas compañías es habitual ver a los ejecutivos jóvenes, recién llegados, sufriendo un subidón de estrés durante los primeros años, mientras que los más veteranos se desenvuelven con soltura haciendo fácil lo que al resto parece difícil. Está claro que su experiencia y sabiduría es el salvoconducto que les proporciona la tranquilidad.

En definitiva, liberarse del estrés no es una asignatura sencilla pero conociendo sus motivos y haciendo una autoevaluación sincera se puede iniciar el camino para combatirlo.


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