¡Al tonto, no le motivéis!


A propósito de la motivación, una de las frases de las célebres charlas de Emilio Duró que todavía retumban en mis oídos es: ¡Al tonto no le motivéis, que os hunde la empresa!
Lo que viene a significar con esta impactante frase es un caso que muchos de vosotros habréis experimentado en vuestra organización ya que se trata de un fenómeno ampliamente difundido. La de aquellas personas con las que la empresa obtendría beneficios mandándolos a su casa. Se trata de trabajadores poco preparados y poco competentes que, por razones inexplicables, han alcanzado un puesto de responsabilidad. Su propia ignorancia hace que no sientan temor por tomar decisiones propias que invariablemente resultan equivocadas. Para verlas realizadas, no sienten empacho en movilizar cuantos recursos de la compañía encuentran necesarios, en parte por recabar auxilio para cumplir sus propósitos y en parte, por afirmar su cuota de poder en la organización. El resultado de tanta iniciativa se resume en una elocuente sentencia española: hacer y deshacer, todo es quehacer. Y es que casi todas sus acciones hay que revisarlas y emprenderlas de nuevo en vista de su manifiesto fracaso al llevar a su máxima expresión el procedimiento de prueba-error, que no debería darse en la empresa.

Inconscientes de su inconsciencia, no contentas con activar asuntos de su responsabilidad, estas personas se inmiscuyen en los de departamentos ajenos intentando solucionar asuntos para los que no se les ha requerido. En conclusión, la compañía necesita triplicar los esfuerzos para llevar a cabo sus tareas: el de realizar el trabajo de forma errónea, el de revisarlo y el de enmendarlo.

Una anécdota real

Recientemente, una persona me contó una curiosa anécdota. Una compañía que se dedicaba a analizar empresas para provocar su liquidación o reflotamiento procedía de la siguiente manera al analizar los recursos humanos. Configuraba una tabla de dos ejes, clasificando a los trabajadores en cuatro grupos individuales. El primer eje reflejaba la inteligencia del empleado dividiéndolos en listos y tontos (o competentes e incompetentes, si os parece más apropiado). El segundo, su iniciativa para el trabajo dividiéndolos en trabajadores y no trabajadores. Pues bien, adivinad quiénes eran los primeros a los que despedían: efectivamente, a los tontos trabajadores. A poca distancia, les acompañaban los listos no trabajadores por el negativo ambiente de trabajo que provocaba su inactividad. En el lado opuesto de la lista, retenía y motivaba a los listos trabajadores y reservaba para puestos poco relevantes a los tontos no trabajadores.
Como apuntaba Emilio Duró, un tonto con iniciativa puede hundir una empresa. A las personas con escasa inteligencia y formación no hay que darles opción a que tomen decisiones, sino simplemente a que ejecuten lo que trabajadores más competentes les ordenen. En caso contrario, es mejor prescindir de su presencia en la compañía, teniendo por seguro que sus beneficios se incrementarán.

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