Factores que distinguen al Directivo con Autoridad

modelos con disfraz de autorida

En muchos manuales y cursos para directivos se incide en la distinción entre poder y autoridad. Los dos conceptos se asemejan y lo ideal es que coincidan en aquellas personas que ostentan funciones de mando. Pero todos sabemos que no siempre es así.

Lo cierto es que los empleados obedecen a quien tiene poder pero hacen caso al que tiene autoridad. El poder se obtiene del organigrama y lo detenta el que se encuentra en una posición elevada con respecto a sus subordinados. Por su parte, la autoridad reside en aquél que conoce la materia de su oficio con tal profundidad que no necesita imponerse para que los demás le sigan. Tiene autoridad el miembro del departamento al que cuando habla, todos escuchan y acatan de forma natural sus decisiones. La autoridad procede de la experiencia y el poder, de la jerarquía.

Muchas personas ascienden en la empresa de forma antinatural, no precisamente impulsados por sus conocimientos por lo que su pretendida autoridad puede simplemente, no existir:

Por qué algunos directivos no tienen autoridad


Los directivos pueden carecer de autoridad por varias razones:

  • algunos, han sido trasladados de otros departamentos con escasa o nula relación con el nuevo puesto por lo que difícilmente pueden tomar decisiones correctas


  • otros, han conseguido su cargo por ser familiares o amigos del dueño o, peor aún, por haberle hecho la pelota durante un tiempo suficiente como para persuadirlo


  • otros, proceden de diferentes sectores de actividad por lo que sus conocimientos sobre el nuevo empleo resultan muy limitados


  • finalmente, existen directivos que acaban instalándose en el universo de las grandes ideas sin llegar nunca a descender a los detalles del día a día.


La lógica reacción de los empleados



Cuando uno de estos jefes aterriza en un departamento, lo lógico es que los subordinados les hagan un caso relativo. A veces, intentan persuadirles de lo erróneo de sus decisiones pero si no lo consiguen, no les queda más remedio que obedecerles a regañadientes. Si la situación se prolonga, se declara una guerra de subterfugios:


  • para no provocar una errónea toma de decisiones, los trabajadores acaban preguntando a su jefe tan solo lo imprescindible adoptando determinaciones por su cuenta en el resto de los casos


  • cuando el superior insiste en una decisión equivocada, lo normal es que intenten demorarla o aplicarla solo en su mínima expresión. ¡Quién sabe! A lo mejor, cambia de opinión por el camino o no se dan las circunstancis para que finalmente se lleve a cabo.


  • si no ha habido manera de eludir la decisión, llega el momento de forjarse una coartada: el empleado buscará las mil maneras de conseguir la orden por escrito, ya sea por e-mail o a través de un informe. Lo importante es que cuando se desencadenen consecuencias negativas, pueda excusar claramente su responsabilidad (aunque no siempre sirva para mucho, claro)

El jefe ideal


En fin, lo ideal es que el directivo que tiene empleados a su cargo, reúna en su persona los dos atributos mencionados: poder y autoridad. Para ello, es imprescindible que su carrera le haya permitido adquirir suficientes conocimientos relacionados con su trabajo y que la empresa los haya reconocido dándole un puesto acorde a su valía. Si se da esa circunstancia, el empleado trabajará confiado y a gusto al tener la seguridad de que las decisiones que se adopten serán las correctas y que por lo tanto, su esfuerzo tendrá una recompensa y no habrá sido en balde.



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Imagen|Eddy Van 300

1 comentario:

Anónimo dijo...
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