¡El jefe siempre tiene razón!


Punto segundo: y si no tiene razón se aplicará el punto primero. Esta es la primera parte de un panfleto que circulaba hace ya bastantes años entre curiosos y profesionales.

A día de hoy, no puedo decir que suscriba tales afirmaciones pero no voy a negar que en su sustancia no encierren algo de razón. Los enfrentamientos con los jefes son saludables e incluso necesarios para la correcta evolución del negocio. No se puede conceder que nadie por muy alto cargo que ostente tenga el don de la infalibilidad. Es obligación de los subordinados expresar sus opiniones y si son contrarias a la suya, defenderlas para alcanzar un entendimiento.

Pero dicho esto, también es verdad que una postura de confrontación permanente con los superiores puede conducir a la degradación o el despido. Con los jefes hay que colaborar para alcanzar objetivos comunes que engrandezcan al departamento. Y en cualquier caso, compartir la gloria o la infamia de los resultados de sus decisiones. Porque si el subordinado destaca como un generador de problemas, se le negará cualquier éxito y se le atribuirán todos los fracasos.


Técnicas para ¿dar siempre la razón?

A la vista de lo anterior, podemos enunciar algunas técnicas sencillas pero efectivas para dejar al jefe siempre contento:

  • en primer lugar, defender la postura de forma argumentada y con cierta contundencia, al menos, dos veces seguidas. Si a la tercera, el empecinamiento del director resulta insalvable, es necesario darle la razón, eso sí, intentando adaptar la resolución al mejor resultado posible y minimizar sus posibles consecuencias negativas

  • si el resultado no es el esperado - y mucha veces no lo es - no achacarle las causas a la incorrecta decisión ni mucho menos caer en el si me hubieras hecho caso, no nos habría ocurrido esto. La postura adecuada es compartir el fracaso, aunque eso sí, haciendo ver que se podría haber hecho de otra manera. Si tratamos con personas comprensivas, la evidencia servirá para hacerles cambiar de actitud y confiar en sus subordinados

  • en cualquiera de los casos anteriores, si la caída en el error se repite será necesario manifestar la oposición por escrito o comunicarla a terceros. Y es que el riesgo es que tras varios fracasos flagrantes el jefe busque un chivo expiatorio en el subordinado. Y eso es algo que no podemos permitir

  • por último, si el jefe es de los que perjudican seriamente la salud poniéndonos en evidencia y denigrándonos en público, ninguna de las reglas anteriores son válidas. La única solución es hacer las maletas y mudarse a otro departamento o compañía.

Como conclusión, podemos afirmar que el jefe es nuestro mejor amigo y que debemos colaborar  en la obtención de su triunfo. Y es que sus éxitos nos ayudarán a ascender en la compañía mientras que sus fracasos no harán sino perjudicarnos y ponernos en el disparadero.


Imagen|JD Hancock

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